Si sabemos gestionar los cambios tendremos la clave de una buena gestión profesional. Para poder seguir siendo competitivos en los mercados actuales, debemos adoptar una actitud positiva frente a los cambios, es decir, debemos tener una alta predisposición a cambiar. Si nuestras actitudes no son las adecuadas para tener un buen rendimiento profesional, entonces debemos modificarlas. No dar importancia una tendencia cambiante puede tener un alto coste en la organización y nuestra actividad profesional diaria.
Todos sabemos que cualquier tipo de cambio afecta de una manera u otra a casi todos los aspectos nuestra vida, tanto en los personales como en los profesionales, por lo tanto, debemos adoptar una postura abierta, que nos permita tomar la iniciativa necesaria para poder enfrentarnos al futuro con la garantía y seguridad necesaria.
Gestión del cambio.
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Cambiar y adaptarnos al mercado es la única manera de ser competitivos y poder crecer en nuestro ámbito profesional. Por naturaleza, las oportunidades surgidas a consecuencia de los cambios casi siempre mejoran sensiblemente nuestras carreras profesionales.
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No debemos rechazar y resistirnos a los cambios, el mercado profesional o laboral no los va a permitir, ya que nos excluirá y marginará. Lo que debemos hacer es adaptarnos de la mejor manera posible e intentar ponernos al día con nuestro esfuerzo a esas nuevas exigencias que llegan desde el mercado o entorno profesional.
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Prever, adaptarse e intentar dirigir los cambios nos proporcionará seguridad, ventajas y nuevas oportunidades, pero no existe tampoco una formula mágica que nos garantice el éxito total, ya que si no sabemos gestionar de alguna manera u otra estos cambios nos podemos enfrentar a desventajas competitivas y riesgos.
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De todos modos, debemos enfocar los cambios como oportunidades en potencia, que nos permitan tanto desarrollar nuevas ideas como aumentar nuestra capacidad de adaptación a cada circunstancia profesional requerida o exigida en cada momento por el mercado. Sólo si somos capaces de aumentar nuestra capacidad de cambio, más fácil nos resultará alcanzar o desarrollar nuestra satisfacción personal y poder progresar en nuestro entorno laboral.
- Debemos saber planificar los cambios, tanto a corto como a largo plazo. Cuantos más claros sean los objetivos, mejor será su planificación. Saber establecer puntos de partida y de llegada es el primer paso para identificar los cambios necesarios.
- Si damos forma y aclaramos nuestros objetivos podremos alcanzar resultados importantes y decisivos en nuestro ámbito profesional. Podemos prosperar si sabemos clarificar y centrar nuestras metas. En este ejercicio de planificación debemos ser ambiciosos pero realistas, es decir, nuestros objetivos deben ser relevantes, su logro debe requerir un esfuerzo de nuestra parte para poder alcanzarlos, pero a la vez deben ser factibles de poder ser alcanzados, ya que si no es así dichos objetivos pueden convertirse en un arma de frustración.
Gestión del tiempo.
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Diferentes tipos de cambios exigen escalas de tiempo muy diferentes, por tanto, debemos saber como gestionar nuestro tiempo, es decir debemos saber combinar lo lento y lo rápido (una estrategia de cambio debe incluir medidas a corto, medio y largo plazo), saber marcar plazos (cada tipo de cambio tiene un momento o período de aplicación, es decir, los cambios para poder ser más aceptables deben ser introducidos por etapas) para poder hacer un seguimiento de su resultado.
- La mayor parte del tiempo y de la energía que dedicamos a controlar nuestras tareas diarias así como a gestionar los continuos cambios que se producen en nuestra actividad profesional, se malgastan porque faltan objetivos, planificación, prioridades, y visiones de conjunto.
- El tiempo que disponemos tiene que ser utilizado para alcanzar metas u objetivos profesionales y personales. La clave es buscar un equilibrio entre el dominio de la tareas y actividades diarias con nuestra satisfacción personal y propio progreso profesional.
Planificación y objetivos.
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Por último, como ya hemos comentado anteriormente debemos tener bien definidos nuestros objetivos. Los objetivos constituyen un reto para todas las personas y desencadenan acciones. Sólo aquel que se ha marcado objetivos es capaz de tener una visión panorámica de los problemas, de establecer prioridades, de canalizar aptitudes, y de concentrar las fuerzas sobre los verdaderos puntos de gravedad. Establecer metas es una premisa inalienable y la clave de un buen aprovechamiento del tiempo.
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Cuanto mejor planifiquemos y distribuyamos nuestro tiempo tanto mejor podremos aprovecharlo para el logro de nuestros objetivos personales y profesionales.
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La clave de una de planificación del tiempo para alcanzar nuestros objetivos personales y profesionales reside en saber priorizar nuestras acciones. Uno de los problemas principales es el continuo intento de hacer demasiadas cosas a la vez, por lo que corremos el peligro de perdernos mentalmente y caer en el estrés por acometer distintos cometidos y nunca finalizarlos.
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Establecer prioridades significa decidir que tareas son las de primer orden, es decir, cuáles son las más importantes y cuáles son las que nos conducen a un resultado, para poder separarlas de las de segundo orden que no son tan importantes y que podemos realizarlas en otro momento o si tenemos la posibilidad poder delegarlas. Las tareas de máxima prioridad son las hay que hacer o resolver en primer lugar.
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La clave para una exitosa distribución del tiempo radica en establecer una clara prioridad de las actividades planificadas clasificándolas según su nivel de importancia, un criterio podría ser el siguiente.
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Tareas o acciones de tipo A: únicamente sólo pueden ser llevadas a cabo por nosotros o en colaboración con un equipo.
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Tareas o acciones de tipo B: son importantes pero pueden ser delegadas a terceras personas, sólo requerirán de un seguimiento y control por nuestra parte, ya que delegamos el trabajo, pero no la responsabilidad de su éxito.
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Tareas o acciones de tipo C: son las tareas rutinarias que no conducen a ningún resultado, pero que deben ser realizadas diariamente y son las que nos consumen la mayor parte del tiempo de nuestro trabajo (papeleo, lecturas, teléfono, actas, correspondencia), por lo que un procedimiento adecuado sería el de agruparlos por su finalidad, por ejemplo, aglutinar todas las llamadas que tengamos que realizar en un momento del día.
Autor: Ulises Fernández, Consultor de FORMARK Consultores